La niña que quiso ser perfecta para mamá y papá

Hay mujeres que llegan a consulta y me dicen cosas como:

“No sé por qué me cuesta tanto equivocarme.”
“Siento que tengo que hacerlo todo bien.”
“Me da miedo decepcionar a los demás.”
“No sé descansar sin sentir que debería estar haciendo algo.”
“Siempre he podido sola.”

Y cuando empezamos a mirar un poco más profundo, muchas veces aparece una historia que comenzó mucho antes de la mujer adulta que hoy tengo delante; aparece una niña.

Una niña que, por diferentes circunstancias, aprendió que tenía que esforzarse mucho para ser vista, reconocida, querida o para no generar más problemas.

No existe una única historia detrás de la autoexigencia. Cada persona y cada familia tienen una historia diferente. Pero hay algo que encuentro con frecuencia: la niña que intenta convertirse en la hija perfecta.

Qué vas a aprender en este artículo:

Si soy buena, quizás papá me vea

Puede suceder, por ejemplo, cuando existe un padre emocionalmente ausente o cuando, por diferentes circunstancias familiares, el vínculo entre el padre y la hija se debilita o se interrumpe. La niña puede empezar a preguntarse, aunque no lo haga de manera consciente: ¿Qué tengo que hacer para que papá me vea?

Y entonces comienza a esforzarse, a saca buenas notas, se porta bien, no reclama, no da problemas, intenta cumplir las expectativas; como si, en algún lugar de ella, existiera la esperanza de que ser suficientemente buena pudiera acercarla a ese padre que siente lejos.

Tengo que cumplir lo que papá o mamá esperan de mí

También puede suceder con padres muy exigentes. A veces los padres depositan en sus hijos expectativas, sueños o metas que ellos mismos no pudieron cumplir. Y la hija empieza a sentir que tiene que alcanzar aquello que se esperaba de ella.

Entonces ya no estudia solamente porque le gusta aprender, estudia para no decepcionar. No trabaja solamente por satisfacción personal, trabaja para demostrar que puede. No busca solamente crecer, busca sentir que finalmente está cumpliendo.

Y así, poco a poco, puede comenzar a confundirse algo muy importante: lo que yo quiero con lo que esperan de mí.

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No quiero dar más problemas

Hay otra historia que también aparece: una niña que crece en un hogar donde mamá y papá discuten constantemente puede aprender a ocupar el menor espacio posible; no quiere molestar, o quiere añadir otro problema, no quiere que sus padres tengan que preocuparse por ella.

Entonces aprende a hacer sus tareas sola, a resolver sola, a no pedir demasiado, a recibir «migajas», aprende a arreglárselas.

Y esa niña puede convertirse, años después, en una mujer que dice: Yo puedo sola.

Y probablemente sea verdad, puede sola. El problema es que quizás nunca aprendió que también podía dejarse ayudar.

El precio de intentar ser una hija perfecta

Cuando una niña está demasiado ocupada intentando cumplir con lo que mamá y papá necesitan, muchas veces empieza a dejar de escuchar lo que ella necesita.

Sus emociones pueden convertirse en algo incómodo. Su enojo, en algo que tiene que controlar. Su tristeza, en algo que debe esconder. Sus deseos, en algo secundario. Sus errores, en algo que debe evitar a toda costa. Y ahí hay un precio importante que pagar: la infancia comienza a quedar en segundo plano.

Porque la función de una niña no debería ser sostener emocionalmente a sus padres, cumplir sus sueños, evitar sus conflictos ni demostrar constantemente que merece ser reconocida.

Una niña necesita poder ser niña.

Necesita equivocarse. Necesita jugar. Necesita decir que no. Necesita tener emociones que sus padres no siempre entiendan.  Pero cuando aprende demasiado pronto que su valor está relacionado con lo bien que cumple, puede crecer creyendo que tiene que ganarse el derecho a ser querida.

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Y después la niña crece

El problema acá es que mamá y papá ya no tienen que exigirle nada. Ella aprendió a hacerlo sola.

Y esto es algo que considero muy importante en el trabajo terapéutico: a veces dejamos de necesitar que nuestros padres nos exijan porque nos convertimos en nuestros propios padres exigentes.

La voz que antes decía: “Tienes que hacerlo mejor.”

Ahora vive dentro de nosotras: “Deberías poder.” “No puedes equivocarte.” “Tienes que hacerlo perfecto.” “No puedes decepcionar a nadie.” “Tú puedes sola.”

Y entonces sucede algo curioso. La vida adulta nos presenta situaciones en las que necesitamos equivocarnos, cambiar de opinión, descansar, pedir ayuda, no saber, comenzar de nuevo.

Pero cada error puede sentirse como una especie de fracaso. No solamente estoy equivocándome, siento que estoy decepcionando a alguien. Y muchas veces ese alguien ni siquiera está ya presente. Porque ya no necesitamos que mamá o papá nos digan nada. La exigencia quedó instalada dentro de nosotras.

¿Qué pasa cuando dejo de exigirme tanto?

Una de las preguntas que podemos empezar a hacernos es: ¿A quién estoy intentando demostrarle que soy suficiente?

Y otra: ¿Qué pasaría si pudiera equivocarme sin sentir que estoy decepcionando a alguien?

Cuando trabajo esto en consulta, muchas veces propongo algo muy sencillo. Cuando notes que estás entrando en ese lugar de exigencia extrema, toma una fotografía de cuando eras niña o simplemente visualízala.

Mírala.

Y pregúntate: ¿Qué le estoy exigiendo a esta niña?

Quizás le estás pidiendo que no se equivoque. Que pueda con todo. Que sea fuerte. Que no necesite a nadie. Que no decepcione. Que haga todo perfecto.

Y entonces puedes decirle: “Te lo estoy exigiendo a ti.”

Y quizás hoy puedes empezar a hacer algo diferente: dejar que esa niña se equivoque.

Dejar que descanse. Dejar que no sepa. Dejar que pida ayuda. Dejar que tenga deseos propios. Dejar que no cumpla las expectativas de todo el mundo.

Porque sanar no siempre significa convertirnos en una versión mejor de nosotras mismas. A veces sanar significa dejar de pedirle a esa niña que siga demostrando que merece ser querida. Y comenzar, poco a poco, a decirle:

“No tienes que ser perfecta para que yo te quiera.”

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Si algo de este artículo resonó contigo, te invito a conocer mis acompañamientos en Constelaciones Familiares y mi programa «Sanando a mi Niña Interior«. Juntas podemos encontrar el proceso que te acompañe en lo que hoy estás viviendo hoy.

Espero que estas palabras hayan resonado en una partecita de ti, toma de ellas lo que te sirva, y lo que no, déjalo conmigo que me pertenece ♡

Con amor, Nay

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Imagen de Naydeen Mazú

Naydeen Mazú

Naydeen es Terapeuta Holística, Terapeuta Gestáltica y Consteladora Familiar. Con una profunda vocación por el bienestar integral, acompaña a las personas en su proceso de sanación emocional y física, guiándolas hacia el equilibrio interno a través de terapias personalizadas que fomentan el crecimiento personal y la conexión profunda consigo mismas.

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