Hay temas que todavía cuesta mucho nombrar, y justamente porque cuesta nombrarlos, muchas personas pasan años intentando comprender por qué viven ciertas dificultades sin imaginar que, detrás de ellas, existe una historia que nunca pudo ser vista.
El abuso en la infancia es uno de esos temas.
Muchas personas llegan a consulta porque quieren trabajar su ansiedad, sus relaciones de pareja, su autoestima, su sexualidad, su cuerpo o incluso su sobrepeso. Sin embargo, al profundizar en su historia, a veces aparece una experiencia dolorosa que permaneció en silencio durante muchos años.
Cada historia es única y no todas las personas que han vivido abuso desarrollarán las mismas heridas. Pero sí existen patrones que, como terapeuta y facilitadora de constelaciones familiares, he observado en las personas que acompaño.
En este artículo quiero compartir algunas de esas reflexiones con mucho respeto, porque comprender lo que nos ocurrió también puede ser una forma de comenzar a sanar.
Cuando el cuerpo aprende a protegernos
Una vez llegó a consulta una mujer porque quería constelar su sobrepeso; pero, conforme fuimos profundizando en su historia, apareció algo mucho más importante.
Durante su infancia había vivido una situación de abuso.
En su caso, su cuerpo había desarrollado, de manera completamente inconsciente, una forma de protegerse.
En algunas personas que han vivido experiencias traumáticas, el cuerpo puede responder creando mecanismos de protección. En ciertos casos, el sobrepeso puede convertirse simbólicamente en una armadura: una manera de no sentirse expuesta, de pasar desapercibida o de disminuir la sensación de ser deseada.
Esto no significa que el sobrepeso siempre tenga este origen, sería muy irresponsable afirmarlo, pero cuando esa relación aparece durante un proceso terapéutico, deja de verse como un «problema» y empieza a comprenderse como un recurso que, en algún momento, ayudó a la persona a sobrevivir.
Entonces el cuerpo deja de ser el enemigo y comienza a ser visto con mucha más compasión.

La culpa que nunca debió pertenecerle a una niña
Algo que observo con frecuencia es que muchas mujeres crecieron creyendo que ellas habían tenido parte de la responsabilidad, y esto tiene mucho sentido si pensamos cómo funciona la mente de una niña.
Para una niña resulta casi imposible comprender que un adulto cercano pueda desearla o vulnerarla, entonces busca otra explicación.
Y muchas veces esa explicación termina siendo:
«Hay algo malo en mí.»
«Yo hice algo.»
«Fue por mi culpa.»
Sin darse cuenta, comienza a cargar una culpa que nunca le perteneció.
Esa culpa puede acompañarla durante años y manifestarse de muchas maneras: baja autoestima, dificultad para poner límites, vergüenza de su cuerpo o una sensación constante de no merecer disfrutar.
Cuando el silencio también se convierte en una herida
Hay algo que me conmueve profundamente cuando acompaño estos procesos: muchas mujeres no solamente recuerdan el abuso, también recuerdan haber estado completamente solas.
No encontraron a quién contárselo.
No sintieron que hubiera un adulto que pudiera protegerlas.
Y esa soledad deja una huella enorme. Con mucha frecuencia aparece una pregunta que permanece viva durante años:
¿Dónde estaba mi mamá?
¿Dónde estaba mi papá?
No siempre existe una respuesta sencilla, cada familia tiene su propia historia; pero esa necesidad de haber sido protegida suele permanecer dentro de la persona mucho tiempo después de que el abuso terminó.
Las consecuencias en la vida adulta
Cuando estas experiencias no se trabajan, pueden aparecer distintas formas de sufrimiento. Algunas mujeres sienten dificultad para disfrutar de su sexualidad, otras experimentan culpa cuando sienten placer, algunas prefieren usar ropa muy holgada, evitar arreglarse o pasar desapercibidas porque, de forma inconsciente, siguen intentando protegerse.
También pueden aparecer dificultades para confiar en otras personas, establecer relaciones sanas o sentirse seguras dentro de su propio cuerpo. No todas las personas vivirán estas consecuencias.

Darle la responsabilidad a quien realmente corresponde
Hay un movimiento dentro de las constelaciones familiares que suele ser profundamente liberador: consiste en devolver simbólicamente la responsabilidad a quien realmente le pertenece.
Porque quien deseó, invadió o abusó fue el adulto —o la persona con mayor responsabilidad en ese momento—.
No fue la niña.
Ese movimiento permite comenzar a separar la culpa de quien verdaderamente la sostiene.
Y muchas personas experimentan una sensación muy profunda de alivio cuando, por primera vez, pueden mirar a esa niña y decirle:
«No fue tu culpa, eras tan solo una niña.»
Cuando quien dañó también fue un niño
Recuerdo una mujer que me contó que había sido abusada por un adolescente de catorce años cuando ella tenía siete.
Mientras trabajábamos apareció una reflexión importante: ese adolescente también había sido un niño.
Y probablemente había aprendido esa forma de relacionarse mucho antes, esto no busca justificar lo ocurrido, ni mucho menos quitarle responsabilidad. Cada persona es responsable de sus actos.
Pero comprender que muchas heridas se transmiten de generación en generación nos ayuda a entender por qué estos ciclos existen en las dinámicas familiares.
Mirar la historia para dejar de cargarla
Algo que escucho con mucha frecuencia es:
«Pensé que no había sido para tanto.»
Sin embargo, cuando observamos la vida de esa persona, descubrimos que aquella experiencia seguía presente en su cuerpo, en sus relaciones, en sus decisiones y en la forma en que se miraba a sí misma.
Por eso sí merece ser visto. Sí merece ser acompañado. Y sí merece recibir el lugar que nunca tuvo.
Porque cuando una mujer puede comprender que aquello nunca fue su responsabilidad, empieza también a recuperar una parte de sí misma.
No se trata solamente de mirar al perpetrador; se trata, sobre todo, de volver a mirar a esa niña. Esa niña que creyó durante años que había algo malo en ella, esa niña que necesitaba protección.
Esa niña que, quizá por primera vez, puede escuchar: No fue tu culpa. Nunca lo fue.

Si algo de este artículo resonó contigo, te invito a conocer mis acompañamientos en Sanación de Útero y Constelaciones Familiares. Juntas podemos encontrar el proceso que mejor responda al momento que hoy estás viviendo.
Espero que estas palabras hayan resonado en una partecita de ti, toma de ellas lo que te sirva, y lo que no, déjalo conmigo que me pertenece ♡
Con amor, Nay


